El cuerpo de Pablo apareció flotando a la deriva, un atardecer de finales de verano. Con un cierto toque de magia, sus cabellos parecían arder bajo los últimos rayos de sol. La maleza, la hierba y un par de flores que, con el viento bailaban, la rodeaban acariciándolo. El cielo, ardiente lleno de rabia, se reflejaba entre las aguas turbias. Volviéndolas rojizas, cubriéndolas con los colores del fuego. Y sus ojos azabache, aún abiertos, perdidos entre el horizonte en llamas, luchaban para poder ver salir la luna que ya se podía ver en un rincón. Pero, una luz que hacía nada radiaba llena de vida, se había apagado eternamente, allí, sobre el agua fría del río.
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