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"Un corazón, puede que esté roto pero debe seguir latiendo" -Tomates Verdes Fritos.

domingo, 6 de octubre de 2013



El cuerpo de Pablo apareció flotando a la deriva, un atardecer de finales de verano. Con un cierto toque de magia, sus cabellos parecían arder bajo los últimos rayos de sol. La maleza, la hierba y un par de flores que, con el viento bailaban, la rodeaban acariciándolo. El cielo, ardiente lleno de rabia, se reflejaba entre las aguas turbias. Volviéndolas rojizas, cubriéndolas con los colores del fuego. Y sus ojos azabache, aún abiertos, perdidos entre el horizonte en llamas, luchaban para poder ver salir la luna que ya se podía ver en un rincón. Pero, una luz que hacía nada radiaba llena de vida, se había apagado eternamente, allí, sobre el agua fría del río.
Monólogo arte dramático. 


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¿Por qué ya no me miras? ¿Es que ya no me quieres? Es eso, ¿verdad? Ya no me quieres... Entonces he de irme de aquí. Dejar de hacerte la cama y de acariciarte el pelo por las mañanas. ¿Por qué ya no me miras? ¿Es qué ya no te gusto? Es eso, ¿verdad? Ya no te gusto... Podrías haberme avisado antes y me hubiera comprado un abrigo más grueso para el invierno y unas bufandas nuevas y unos guantes altos... Sí, sé que de dinero nunca fuimos bien pero entiéndelo que, el invierno que se aproxima será más frío si no tienes a quién abrazar. ¿Por qué ya no me miras? Bueno, no pasa nada. No tienes porque preocuparte, poco a poco me haré a la idea de no tenerte en  Navidad. ¿Sabes? Recuerdo cómo fueron las últimas. Yo con mi gorro de lana verde y tú con el jersey azul que tanto odias y que yo te hacía poner porque era suave y olía tan bien... Y aquella tarde que llovía tanto. Y aparecí corriendo en la estación, buscándote. Y tú me esperabas temblando, muerto de frío. Con las mejillas sonrosadas y la punta de la nariz helada. Y al llegar a casa encendiste la chimeneas y, mientras las llamas bailaban y todo ardía, tus labios aun mantenían ese color rojizo que diciembre te había pintado... ¿Por qué ya no me escuchas? ¿Es qué ya no te importo? Es eso, ¿verdad? Ya no te importo... Pues podrías haberme dado una señal y no llegar a esto, así, sin más. Pero no te culpo... Es difícil querer a alguien como yo. Tan insegura, tan desastre y tan mal cocinera. Pero te prometo que lo he intentado. Y lo sabes... ¡Joder! ¡Joder! Yo lo he dado todo... ¿Por qué ya no me hablas? ¿Es qué ya no soy nada? Es eso, ¿verdad? Ya no soy nada para ti. Entonces puedes tragarte tus palabras. Trágate tus gilipolleces, tus tonterías, tus promesas... todas esas mierdas. Ahora quiero que me  mires. Mírame y que te duela. Sé que te duele. Mírame, quiero darte pena. Mírame mientras lloro, mientras me arrastro y me lamento. Que idiota... ¿Por qué ya no me miras? ¿Es qué ya no me quieres? Es eso ¿verdad? Ya no me quieres... Entonces he de irme de aquí

miércoles, 2 de octubre de 2013

Y yo lo miraba una y otra vez... como si el tiempo se hubiera detenido, como si no existiera nadie más, como si no hubiera mañana. Y lo miraba bien. De arriba a abajo, de abajo a arriba. Cada centímetro de su cuerpo, cada milímetro de su piel. Como si temiera olvidarle, como si se fuera a ir, como si estuviera soñando. Y entonces yo sonreía sin más y él, dejaba ir una carcajada fugaz. Y lo tenía allá delante. Por mí  y para mí. Dispuesto a todo, más seguro que nunca. Y yo empezaba a recordar como empezó, como fue duro pensar que no se había fijado en mí, como dolía creer que no quería empezar de nuevo, como me costaba imaginar que jamás sería mío. Pero aun así, yo parpadeaba y parpadeaba... y le sonreía, y él reía y dejaba ir un suspiro..., y yo lo miraba una y otra vez... como si hubiéramos decidido parar el tiempo,como si solo existiéramos nosotros dos, como si el mañana fuera solo nuestro. 


 Es realmente difícil que entiendan como nos sentimos ahora mismo. Con esa presión constante, esas palabras de orgullo y todos los nervios que se acumulan. Es realmente difícil que entiendan que cada vez nos cuesta más mantener la cabeza alta, mirar al frente y no desviarnos. Y es que, las ganas de gritar van en aumento. Esas ganas locas que, cada uno de nosotros guarda, muy adentro. Esas ganas incontenibles que inevitablemente, pueden estallar, en cualquier momento. Por eso, a escondidas, tú y yo, a veces, nos vemos. Y cuando nadie nos mira dejamos ir nuestros aullidos. Las emociones que callamos, los llantos que derramamos. Y, aun así, nos controlamos. Y a pesar de todo seguimos avanzando. Pero, es realmente difícil que entiendan como nos sentimos ahora mismo. Con esa presión constante, esas palabras de orgullo y todos los nervios que se acumulan. Y es que, en realidad, estamos temblando. Muertos de miedo. Inocentes, con el corazón latiendo acelerado y esas ganas locas que delatan nuestra furia, nuestros susurros más intensos, nuestros últimos suspiros.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Su mayor debilidad.


Él, que asustaba a todo el mundo con su pálido esqueleto y sus dientes afilados. Él, al que todos llamaban el Rey del Mal. Él, que en tantas noches hizo temblar hasta a la luna... en lo más profundo de aquellos dos agujeros abismales que tenía como ojos... guardaba, todavía en silencio, su mayor miedo. 







Y no era otra sino ella... la que lo enloquecía. La que le hacía perder la cabeza. Con su largo cabello y esa mirada triste y a la vez tan intensa. Ella, la única que podía hacerle sentir que su corazón volvía a palpitar en el pecho.
Era realmente curioso, cómo el amor espantaba al más temido, cómo confundía al más seguro, cómo hacía sentir el miedo al más valiente... pero aún así él abría y cerraba los ojos, por si acaso al abrirlos ella, estaba allí, dispuesta a hacerlo temblar de nuevo.



Siempre han habido sueños imposibles, ilusiones rotas y falsas esperanzas. Siempre ha estado ahí ese odioso... "Nunca lo conseguiré". Siempre hemos sentido esa impotencia de no poder hacer aquello que realmente deseamos... pero... ¿Y si fuéramos ese uno entre un millón? ¿Esa estrella que jamás se consume en el cielo? ¿Esa arpa que tantas notas guardaba, ansiosa, en un rincón? Al fin y al cabo... la posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante. O al menos, eso me dijeron una vez.




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El Moulin Rouge abrió sus puertas durante el invierno de 1900. Los letreros de la entrada relucían más que nunca, destacando, centelleantes, iluminando la oscuridad que aquella noche inundaba las calles de París. Y mientras la gente se apelotonaba en el interior, algo o quizás alguien..., se preparaba. Y es que... 
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Todo el mundo gritaba su nombre. Todos querían ver de lo que era capaz. Querían verla a ella. De arriba a abajo, moviendo sus caderas, con su vaivén lento y adictivo. 

Ansiosos, miraban el telón fijamente. Esperando a que al fin, sin más... la actuación comenzara. 
Y de pronto las luces bajaron, todo se tornó tenue y delicado. Y allá, entre las maderas que cubrían el tablado... apareció ella. Todos la miraban, sorprendidos. No estaba sola. Y ya no iba a estarlo jamás. Un joven la acompañaba en la melodía. Un joven que, delante de toda aquella multitud, le prometía amor eterno. Le decía que si quería podía contarle a todos que esa canción que cantaban era suya y que lo sentía porque fuera tan simple, pero que era un regalo para ella. Lo cierto es que, no recordaba el color de sus ojos. No recordaba si eran azules o verdes pero dijo que eran los ojos más dulces que nunca había visto. 
Pero todos se quedaron con aquella frase, incluso yo, que lo observaba todo detrás del escenario. Porque entonces, ambos, se aproximaron. Rozaron sus labios, se acariciaron. Pero no después de que él le dijera lo maravillosa que es la vida ahora que estaba ella. 



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Quiero que sepas que, no me importa de donde vengas. No me importa la ropa que lleves, el dinero que tengas o que hiciste ayer. No me importa cual sea el color que cubre tu cuerpo. No me importa aquello en lo que creas, o en lo que te hicieron creer. Siempre que tú y yo, juntos, podamos sonreír.


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Quiero que sepas que, todo ésto, en algún momento, acabará. Y que cuando la luz se apague  quiero estar allí, contigo, sujetando ese candil del que dependemos. Quiero poder darte la mano y decirte que todo irá bien que podremos salir a jugar,  soñar despiertos, imaginar sin límites. Quiero que sepas que, no me importa que tengas esa estrella en el pecho porque yo,  la quiero hacer brillar. Si eso te hace feliz. 

De Diego de Vicente, periodista deportivo.




Y ya no quedó nada más. Los témpanos de hielo se fundieron. Y con ellos el lago, la escarcha en el alféizar y 
los picos de las montañas. La nieve se fue también, dejando el jardín completamente despojado, desnudo. Y al 
nacer el día, ya no persistía el rocío, helado y eterno, dejándose acariciar por los tempranos rayos que se 
extendían en el horizonte malva. Se podía ver, en los páramos que bordeaban la casa, como el invierno se 
despedía, sin más. Y con él el frío, y la escusa tonta y simple de necesitar un abrazo. Y ya no quedó nada. 

Nada más.


"Y tu corazón bailará entre virutas de fuego"





Uno de estos días, cambiaré. Dejaré de pensar demasiado en 

todo, de preocuparme demasiado por todo. Uno de estos días, seré feliz. Seré más segura y más perpetua. Menos indecisa, pero no menos sincera. Sinceridad ante todo, aunque duela. Uno de estos días, podré sentirme capaz de tirar adelante. Y hacer que Viva La Vida (MI VIDA) dejando, simplemente, ir una fugaz sonrisa. Uno de estos días, aprenderé a no dejarme llevar, a desconfiar todavía más. Mucho, muchísimo más. Y será en uno de estos días, en el que acepte, al fin, que sí hay ilusiones rotas. Falsas esperanzas. Promesas olvidadas. Y entonces, cuando ese día llegue. Será mi día. Pero hasta entonces..., déjame que me ponga un candado, pero esta vez, para sellar mis labios. Déjame que piense un rato en lo que pudo ser y no fue. Déjame que me arrepienta una y otra vez de haber perdido el tiempo. Déjame que haga con tus palabras un avión de papel y que allá en el río, cuando se moje, mis recuerdos se ahoguen, desaparezcan. Pero yo no espero, ni sigo, ni persigo, ni atrapo. Aunque, uno de estos días... será el día, en que el tiempo se haga cargo de todo y mis labios digan que ya es demasiado tarde.


Hay al menos una vez en la vida en la que necesitamos detenernos. Pararnos a pensar en si, realmente, hemos escogido bien. Si realmente estamos haciendo lo correcto, o si necesitamos cambiar de rumbo. Entonces, inevitablemente miramos atrás y vemos todo aquello que recorrimos. Todo aquello por lo que luchamos y lloramos. Todo aquello que perdimos. Vemos momentos, vemos fugaces instantes, vemos días y paisajes, vemos promesas que juramos cumplir y todas y cada una de las veces que caímos para levantarnos de nuevo; de un salto. Y sonreiremos. Sonreiremos al recordar todo esto. Al recordar nuestra capacidad secreta de sorprender a los que un día se rieron, a los que nos fallaron, a los que dijeron que no valía la pena..., pero sobretodo: sorprendernos a nosotros mismos. Porqué cuando tengamos esa duda, esas insistentes preguntas que nos atormentan, que nos impiden continuar, cerraremos los ojos y sabremos que, no existe la mejor o la peor elección, la opción buena o la opción mala, porqué el verdadero camino que nos guiará es aquel que construimos poco a poco, dejándonos llevar, colocando cada piedra, reparándolo de cada sobresalto, aprendiendo, mejorando... el verdadero camino es aquel que depende de nosotros mismos..., el nuestro propio. 



Las emociones se canalizan en una especie de nube rosa
 chicle.
Tan sólo se trata de una nebulosa de humo que, al compás
 de un ritmo intermitente,
acumula nuestras ideas más locas,
nuestros sueños más salvajes,
nuestros sentimientos más intensos.
Por eso, son pocas las personas que pueden hacer volar, incesantemente, la humareda dónde persisten nuestras ganas incontenibles
por todo el firmamento,
ocupando el cielo entero.
Al fin y al cabo, nadie dijo que, ser diferente, fuera fácil.






Cuando por fin crees, caes. Cuando al fin 

confías, te fallan, te hieren. Cuando quieres 

aferrarte a algo, a alguien...se va. Muy lejos

 de ti. 

Te cuesta abrir los ojos. No quieres verlo, 

no 

quieres darte cuenta de que, de nuevo, otra 

vez, te han dejado sola. 
Nadie te 

avisó, nadie te había advertido de que la vida 

estaba llena de improvistos.

De idas y venidas.

De subidas y bajadas.

Pero poco a poco aprendes. Y, poco a poco, 

aceptas y cedes antes la opción de que, no 

todo, sea tan perfecto, tan ideal.

La perfección es efímera. Lo ideal es irreal. 

Y, las verdades... duelen.

Es así como te juras y te prometes que no 

dejaras ir, volando, más pétalos al viento. No

 malgastarás más instantes en cosas, 

acciones, 

personas superfluas.

Y, tendrás claro que, a pesar de ser 

primavera, siempre estarás al tanto, de 

cualquier camino de lágrimas.

Lo admito. Y no me molesta. Que, tengo defectos. Que, tengo manías. Tengo gustos y rarezas. Imperfecciones y, cosas que no gustan a cualquiera. Y lo admito, y no, no me molesta. Puedo deciros que, siempre como y ceno sola. Que no me duermo sin leer antes y que no cierro los ojos sin tener la puerta abierta. Debo decir que aun no me he acostumbrado a seguir mi vida sin ciertas e imprescindibles personas. Que siempre, antes de escoger un libro, leo la primera y la última frase. Y que me encanta el queso. Todos los quesos, me encantan. Que odio que me organicen la vida, que me digan lo que tengo que hacer y que me infravaloren. Odio sentir que pierdo el tiempo, odio las injusticias, la impotencia y no saber hacer una tortilla. Que solo amo el verano porqué me siento libre. Por sus noches infinitas, los helados de strachatella, esos atardeceres incontables con el ocaso reflejado en la piscina y, restregarme en la arena de la playa. Que me chifla mojar la cuchara en la leche y luego meterla en el cola-cao en polvo. Me vuelven loca las revoluciones, el pan con mayonesa y el color verde. Y que pienso conservar eternamente mi casa de campo. Pero, sobretodo, por el olor que desprenden los jardines después de la lluvia. Por eso, y por los recuerdos que me trae. Además, me apasiona el teatro, los mofletes de mi hermana y sentirme realizada. No me gusta cuando se valora más lo malo que lo bueno, ni la gente que se cree que lo hace todo bien y mejor que nadie, ni tampoco el olor a pies de la sala de juegos del McDonald's. Que admito que siempre me dejo las puertas de los armarios abiertas y que no siempre soy puntual. Reconozco que, aun así, soy demasiado perfeccionista y exigente conmigo misma. Y que soy feliz cuando vivo nuevas experiencias, cuando voy a lugares nuevos.Que me irrita que la gente no se aprenda mi nombre a la primera y me toque repetirlo. Y que agradezco los días que se salen de la irritable rutina. Debo deciros que me pone rabiosísima que nunca me coincidan los botones de mi chaqueta con los agujeritos. Y que me importa, quizá más de lo que debería, lo que piensen de mí. Y, finalmente, pero no menos importante, adoro... escribir. Escribir todo, sobre todo, en todo... simplemente escribir.