
Él, que asustaba a todo el mundo con su pálido esqueleto y sus dientes afilados. Él, al que todos llamaban el Rey del Mal. Él, que en tantas noches hizo temblar hasta a la luna... en lo más profundo de aquellos dos agujeros abismales que tenía como ojos... guardaba, todavía en silencio, su mayor miedo.

Y no era otra sino ella... la que lo enloquecía. La que le hacía perder la cabeza. Con su largo cabello y esa mirada triste y a la vez tan intensa. Ella, la única que podía hacerle sentir que su corazón volvía a palpitar en el pecho.
Era realmente curioso, cómo el amor espantaba al más temido, cómo confundía al más seguro, cómo hacía sentir el miedo al más valiente... pero aún así él abría y cerraba los ojos, por si acaso al abrirlos ella, estaba allí, dispuesta a hacerlo temblar de nuevo.
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